Siempre he elegido la verdad, a pesar de que suele ser el camino más difícil, es el único que me hace sentir que he crecido en el sentido correcto de la vida.
No es, claramente, el más cómodo, ni el menos doloroso, pero tengo certeza que es el único sin trampas ni hoyos, sin tantos tropiezos. El problema es que la verdad suele ser un problema, la gran mayoría de los problemas se podrían evitar tan solo con mentir, pero no sé mentir, no me nace. No me nace.
No creo que tengo que ver ni si quiera con el receptor de la mentira, que probablemente solo podría sentirse herido u ofendido en caso de saber la verdad, si no con mi propia conciencia. Tengo una selección muy clara de el tipo de cosas que haría y las que no haría, ir en contra de mi misma o de esa voluntad tan impenetrable me produce profunda incomodidad.
Un malestar del día a día, como caminar en zapatos demasiado pequeños. Ir en contra de cualquiera de las regla morales que he establecido como el canon para formar mi vida y mi toma de decisiones hace que mi consciencia se altere, se sienta culpable, se sienta traicionada por si misma.
Es alto que yo no puedo tolerar, una incomodidad, pero permanente, tan incomoda, tan pesada, tan insoportable.
Siempre he tenido en mis reglas morales el ser agradecida de la gente y de la vida, del que me tendió la mano desinteresadamente cuando lo necesité, de la gente que me presto el hombro sin esperar uno de vuelta, sin ni si quiera pedírselo Hay gente que es así, pero tan poca, que siempre he sido muy agradecida de la poca gente que conozco con tales características.
En el fondo, todos queremos cambiar el mundo.
Pero cada uno quiere cambiarlo para su propio lado.
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